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Ganadores Del Ix Certamen De Relato Corto Huétor Vega Gráfico
Publicado: Miercoles, 02 de Junio de 2010. Leido 221 veces.

1º PREMIO Lo que Pedro hubiera hecho” Seudónimo Miguel Strogoff

ANTONIO ORTEGA POMET, DNI 44.250.911

 

2º PREMIODesconocidas” Seudónimo Rosa Zurita

PEDRO CAMPOS MORALES, DNI 33.354.145-M

 

LO QUE PEDRO HUBIERA HECHO

Miguel Strogoff

 

Los que ha muero nos miran desde algún sitio. Eso es lo que decía mi abuela. Mi abuela era muy educada y siempre estaba bien vestida. Incluso cuando estaba sola en su casa era, como a ella le gustaba decir, recatada. Tenía miedo de que sus muertos, desde algún sitio, la estuvieran observando. Mi abuela murió un día, y quizá desde entonces se haya unido a una pléyade silenciosa de cadáveres que desde algún sitio me miran con cuidado. Porque así es como parecía que mi abuela imaginaba a sus espectadores.

Espectantes. ¿Cómo podía mi abuela imaginar que alguien iba a prestarle una atención tan sublime a un ser que cosía durante horas sin moverse de la mesa camilla? Sin duda untaba con demasiadas cargas religiosas aquella posibilidad. Yo sin embargo, aunque no tengo fe en ninguna religión que me tenga como protagonista, a veces imagino que ella, entre una multitud muerta, me observa. Entonces, al contrario que mi abuela, intento no ser aburrido. Pero es sólo por fastidiarla.

     Mi abuela es una de las dos personas que han muerto en mi vida. La otra, es Pedro un amigo que en 1985 cayó del tractor de su padre cuando tenía solo doce años.

     Cuando pienso en la muerte siempre pienso en Pedro, nunca en mi abuela. Y eso que la quería mucho. Quizá sea porque la muerte de mi abuela se esperaba, o porque nunca he tenido la edad que tuvo ella, o porque nunca entendí o nunca me gustó su obediencia a ese espectáculo siniestro del que era involuntaria maestra de ceremonias, aquel que le obligaba hacer lo que se suponía que debía hacer según una absurda moral basada en el mutismo y el estatismo molecular. O quizá sea porque murió mi amigo Pedro yo también tenía doce años. Han pasado veinticuatro añosdesde entonces y él es ahora el que tiene más experiencia al otro lado. Muchas más que mi abuela.

     Estábamos en la misma clase y él, un domingo,se cayó de un tractor. No me contaron con detalles, pero al parecer él conducía, no sé si por Monachil o por Cenes, la dirección se bloqueó el tractor fue directo hacía un barranco. Su padre le gritó que saltara, y él saltó y cayó por el precipicio. Después el tractor le cayó encima. Desde el 85, las veces que he pensado en la muerte he pensado en Pedro. Y ahora, dos años después de que mi abuela se fuera, lo sigo haciendo. Recuerdo que lo primero que pensé fue: ha muerto y no ha besado a ninguna mujer. Puede que suene frívolo, pero no lo es. Si fue frívola la reacción de todos los compañeros las primeras semanas . Nos reíamos, por los nervios,supongo. Después lo fuimos comprendiendo. Como una savia lenta que avanzaba despacio por dentro de nosotros, su muerte se espesaba vorazmente hacía ningún sitio. Pero había dejado de existir. Finalmente lo comprendimos, pero yo seguía pensando lo peor de aquel accidente era que le habían privado para siempre de besar a una mujer.

¿Que habría hecho Pedro con su vida?

Lo más probable es que hubiera trabajado con su padre en la vega. O que hubiera estudiado alguna carrera y ahora tuviera una vida rutinaria, de ocho a ocho, con una mujer, niña e hipoteca. O que, llevado como yo de la mano de una vocación difícil, estuviera en paro. Eso es lo más probable no es verdad. La verdad, en este caso, no existe.

O sí.

Porque yo sí sé qué habría hecho Pedro si no se hubiera caído del tractor. Sé que suena extraño, pero lo sé.

¿Se imaginan a una octogenaria esforzándose por adoptar unos andares armoniosos y educados cuando, sola en su casa, va del salón a la cocina para beberse un vaso de agua?.

Antes he dicho que mi abuela me miraría junto a otros cadáveres,pero si los que miran son los muertos que uno ha conocido,en mi espectáculo sólo estarán mi abuela y Pedro. Curiosos compañeros de butaca. ¿Comentarán alguna cosa cobre mí?

Quizá mi abuela repruebe muchas cosas. Pero sé que Pedro será más indulgente. Al fin y al cabo,le he devuelto un poco de vida me la ido robando en silencio desde el otro lado mientras me ha observado vivir estos años. Si mi abuela hubiera asistido al espectáculo torpe y desaforado de mi iniciación en el amor, o a los excesos de las juergas universitarias con los amigos, no habría hecho otra cosa que componer una mueca de desaprobación en su rostro. Sin embargo él seguro que ha disfrutado seguro que se ha reído, aunque alguna vez lo haya hecho a mi costa.

Pedro y yo fuimos compañeros desde primero de E.G.B. El hecho de que coincidiéramos en la misma clase y que fuéramos los únicos de séptimo junto a una niña llamada Laura, que almorzábamos en el comedor del colegio de la Caja de Ahorros, nos vinculó quizás un poco. Después de

que muriera fui dándome cuenta poco a poco de que, sin estar muy unidos, nuestras vidas , mucho más que otras, se habían parecido. A los dos nos gustaba Laura, la niña de tez sonrosada de nuestra clase que ya a los doce había desarrollado sus caderas sinuosas. A los dos nos gustaba ser porteros cuando jugábamos al fútbol. Los dos éramos los únicos del colegio que teníamos ordenador MSX en lugar del extendido Spectrum. Los dos escribíamos, y a veces lo hacíamos juntos cuando no había balón en el largo y aburrido recreo que seguía al almuerzo. Enhebrábamos en una libreta de cuadros historias que se parecían demasiado a las de Miguel strogoff, aunque los protagonistas fuéramos nosotros (y Laura, a la que cada uno besaba en su propia historia gracias a ese derecho tácito siempre ha otorgado la práctica literaria). Los dos habíamos pegado, por separado, a un niño grande de octavo que se comía las hormigas y que había pellizcado más de una vez los mínimos pechos de Laura con el pretexto del juego de las tres marcas de leche, haciéndole llorar de dolor y humillación por aquella violación de su incipiente y hermosa sexualidad. Los dos éramos flacos. Los dos teníamos paletas partidas.

Recuerdo el día que me dieron la noticia de su muerte. Era lunes. A las nueve de la mañana, en la entrada del colegio, la noticia corría por el patio casi con una alegría inconsciente, como si la muerte fuera sólo un hecho insólito, nuevo. Como si fuera algo para nosotros, no para Pedro. Como el golpe de efecto de una educación que, al margen del recreo, hundía las narices demasiado en los supuestos teóricos de un mundo que no conocíamos y que, de pronto, se decidía enseñarnos algo. Yo dí la noticia a Laura en un pasillo. Y lo hice con aquella sorpresa mezquina de quien no alcanza a entender algo, de quien no sabe cómo responder a una pregunta en blanco. Laura no me creía. Pensaba que bromeaba. Más tarde, en clase, al escuchar la noticia por boca del profesor de naturales, rompió a llorar y no dejó de hacerlo en una hora. Después se fue a su casa y estuvo dos semanas sin volver.

Quizá se hubieran besado. A los doce años, de haberlo sabido, me habría sentido traicionado. Ahora recordar el intenso dolor de Laura no hace otra cosa que regalarme la esperanza de que lo hubieran hecho. Quizá aquel dolor sea la prueba de que Pedro sí había besado a una mujer antes de morir.

Yo no sé que hubiera hecho Pedro con su vida. Pero sí sé que, en mi lugar, Pedro habría escrito este relato. Quizá hubiera tendido a ser más circunspecto, quizá no habría hablado de su abuela.Quizá hubiera sido más serio, quizá no. De eso no estoy seguro. Pero sí sé que si yo hubiera muerto en un tractor, Pedro habría escrito este relato. Eso es con toda seguridad lo que Pedro hubiera hecho.

DESCONOCIDAS

 

Salía cada día a las ocho menos veinte de la mañana.  Hacía unos cuatro meses que seguía la misma rutina: me ponía en pie a las siete menos cuarto, micción ritual con los ojos cerrados tratando de recordar detalles de algún sueño, lavado de cara, desayuno a base de fruta y café, cepillado de dientes con frotamiento de lengua, ducha, peinado, elección de bolso,  verificación del contenido del mismo y a la calle, a las ocho menos veinte.  Andar hasta la oficina, los mismos semáforos, los mismos pasos de cebra, los mismos escasos vecinos madrugadores, los mismos tenderos abriendo sus tiendas, los mismos amos sacando a sus perros, la misma mujer en el mismo punto del camino a la misma hora cada mañana.  Me cruzaba con ella a la altura del colegio Picasso, a lo largo del muro, un día más allá, junto a la puerta del Conservatorio, otro día más cerca de la entrada de vehículos, con menos frecuencia atravesando la calle de Santa Elena, yo en dirección al puente de las Américas, ella hacia algún lugar que yo desconocía.  Nos mirábamos al pasar una junto a la otra, sólo eso, nos reconocíamos sin dirigirnos un saludo, ni siquiera un ligero movimiento de cabeza ni de cejas, nos mirábamos de forma aparentemente imperceptible, como al descuido, aunque a mí me parecía reconocerla no por todas esas mañanas en que nuestras obligaciones nos obligaban a reencontrarnos, había algo en ella que me hacía creer que ya la conocía desde mucho antes.  Más o menos llevábamos cuatro meses de esta manera cuando, por un accidente que sufrí en casa (un resbalón en la ducha con el consiguiente golpe en la cabeza, puedo decir que afortunado, ya que no quedé inconsciente aunque sí con unas jaquecas que me duraron todo el día) salí de ella cinco minutos más tarde.  Por supuesto, la mujer ya había avanzado bastante en su camino y me crucé con ella bajando por la avenida de Barcelona, ella subía.  Su mirada, al encontrarse con la mía, reflejó la misma indiferencia que de costumbre.  Supongo que también yo la miré con igual abandono, pero un instante después, justo cuando ya la tuve a mi espalda, decidí que en días posteriores le seguiría la pista, pues era obvio que nuestros trayectos coincidían de forma considerable.  A partir del día siguiente retrasé un minuto más la salida de mi casa para tener una mejor idea acerca de su destino.  Me divirtió la idea de lo difícil y absurdo que resulta seguir a alguien en sentido contrario al que en cualquier persecución es habitual, de frente al objetivo y no a la espalda del mismo como debe ser.  Sería una persecución metódica, no lineal, segmentada en intervalos de retraso de un minuto cada veinticuatro horas.  Como ya me había cruzado con ella a los cinco minutos de mi salida de casa, calculé que me bastaba con cinco días, en el peor de los casos, para obtener la máxima aproximación posible a su meta, aunque supuse que alguno de estos días ella se desviaría por alguna calle que no estuviera en mi ruta.  Se metería por la calle Carboneros, o Churruca o la Trinidad y ya me quedaría sin saber a qué sitio exacto se dirigía cada mañana, pero con eso me conformaba: sólo quería conocer en qué punto se separaban nuestros destinos enfrentados, por poner a esto algún nombre.  Empecé un lunes, y el jueves (ya había retrasado cuatro minutos mi salida además de los otros cinco de mi caída en la ducha) salí de casa a las ocho menos once y coincidí con ella en mi propia calle, me miró como siempre y continuó su camino.  Al final de la calle me detuve y me volví, la vi detenerse ante el portal de mi casa, sacó unas llaves y entró.  Me pregunté cómo siendo mi vecina nunca nos habíamos encontrado en un bloque con tan pocos habitantes, al día siguiente me retrasé otro minuto y al abrir la puerta de mi piso ella entró.  Nos dirigimos las acostumbradas miradas de reconocimiento.  Yo cerré la puerta dejándola dentro de la casa.  En el portal esperé unos momentos y volví a entrar.  Las luces estaban encendidas, recorrí el pasillo hacia mi dormitorio.  Ella estaba desnudándose, al asomarme al cuarto me miró con la misma mirada de todos los días y continuó desnudándose.  Abrió el armario, se puso el pijama con el que yo había dormido hasta una hora antes.  Me hice a un lado cuando advertí que iba a salir del cuarto, la seguí hasta la cocina, abrió la nevera, se hizo una ensalada y en la misma cocina se la comió de pie, luego lavó la vajilla, incluida la que yo dejé sucia un rato antes, fue al baño y orinó, se cepilló los dientes con mi cepillo, se puso en la cara unas cremas y salió hacia el dormitorio apagando tranquilamente todas las luces a su paso, se metió en la cama, cogió de la mesita de noche el libro que yo estaba leyendo, lo abrió por la página que yo tenía señalada y empezó a leer.  Agarré una silla y me senté junto a la puerta del dormitorio.  No me miró ni una sola vez, al cabo de una hora cerró el libro y apagó la luz.  Pude contemplar el bulto bajo las sábanas porque ya era pleno día pero no había nada que ver, durante un par de horas sólo la vi dormir, de vez en cuando se agitaba,  en un momento dado pareció llorar, después se calmó y, poco después, oí un roce en la sábana y un gemido débil y repetido.  Retiré la silla donde me sentaba y me fui a la oficina.  Fue extraño ir a la oficina a mediodía y más extraño aún no volver a encontrarme con ella en los alrededores del colegio Picasso.  Salí muy tarde de la oficina y tuve miedo de volver a casa.  Se me hizo de noche y estuve vagabundeando por la ciudad, me cerraron todos los bares y acabé echando unas cabezaditas en la estación de autobuses, hubo alguno que me echó de un banco diciendo que era su banco de todas las noches.  No me importaba, me tumbaba en otro banco y ya está, me sentía bien, como si me hubiera liberado de algo aunque también como si algo distinto me esclavizara.  Desperté al amanecer y eché a andar hacia casa, crucé el puente de las Américas en sentido contrario al de todas las mañanas, cinco minutos después pasé por la entrada del colegio Picasso, justo a tiempo para cruzarme con ella y mirarnos con indiferencia.

 

ROSA ZURITA

 

 


Autor:cultura
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